Corazón
El padre de H murió a causa del corazón. No fue un ataque fulminante en medio de un arrebato, una discusión, ni mucho menos una enfermedad larga y consumidora. Podría decirse que fue el tipo de corazón que, simplemente, se cansó. Cedió en su silla favorita, una tarde de lluvia, con un periódico en las manos que quedó olvidado en su regazo. Su muerte fue tan silenciosa y tranquila que creyeron que dormía. Su verdadera batalla, sin embargo, había sido espiritual.
Sombras
El Encuentro
Era sábado por la mañana. H se preparaba para salir con las llaves en una mano y la mochila en la otra. N se quedaría en casa con sus tías y su abuela. Al regresar por la tarde, la niña corrió a abrazarlo. Con su corto vocabulario, insistía en que los hombres del patio habían regresado, pero que la abuela no los había dejado entrar. Durante la cena, H le preguntó a su madre. Ella confirmó que N había pasado el día diciendo que dos personas acechaban afuera, aunque solo la niña podía verlas. N repitió con orgullo: «Sí, papi, yo los vi. Fui muy valiente».
Esa noche, N no quiso dormir con H; prefirió quedarse con su abuela porque la veía muy triste. La abuela caminó hacia la alacena, tomó un vaso de vidrio y un gran plato de porcelana con flores azules gastadas. Llenó el vaso, vació una parte en el plato y volvió a llenar el recipiente. Colocó el conjunto en el centro de la mesa, sobre el mantel blanco que cubría las patas de madera.
N desapareció en el cuarto de la abuela, pero minutos después, tocó a la puerta de H. —Papi, abrí, soy yo. Quiero dormir contigo —dijo antes de entrar sin esperar respuesta. Se quitó sus sandalias de tiburón y subió a la cama—. Mi abuela está dormida y los hombres están afuera.
H se incorporó de golpe. Llamó a su hermana, B, y salió al pasillo. Movió la cortina, pero la entrada estaba vacía y fría. Ambos se dirigieron al cuarto de su madre. B tocó la puerta, pero solo obtuvo silencio por respuesta. N gritó: «¡Mami, abrí!», pero el silencio persistió.
H abrió la puerta. Al entrar, lo primero que vio fue el ventanal. Distinguió un rostro desfigurado afuera, acompañado por las dos siluetas encorvadas de siempre. B abrazó a N mientras H corría a cerrar la ventana. Su madre, L, se incorporó bruscamente en la cama; el silencio que la envolvía pareció estallar. H gritaba improperios a los hombres mientras B se llevaba a la niña a otra habitación.
Al encender la luz, H vio perfectamente cómo uno de los hombres se transformaba en un animal. Caminaba en dos patas, moviéndose con un vaivén errático, casi como un baile. De un salto, la criatura alcanzó el Cortés Blanco y trepó por el tronco con una gracia inhumana. Tenía la forma de un simio; la luz filtrada por las ramas delataba su pelaje. El miedo se apoderó de H y de su madre.
De pronto, un ruido dentro de la habitación hizo que H girara la vista hacia el ropero. Allí, junto a la madera vieja, estaba parada una mujer. Sus ojos brillaban con una frialdad que no pertenecía a este mundo; era un brillo mortecino, similar al de una brasa a punto de apagarse.
La mujer tomó la cajita y la puso en el suelo. Dentro había una medalla: un Tetragramatón.
—Tu padre cumplió su parte —susurró la mujer con una voz que sonaba como hojas secas—. Guardó el secreto hasta que su corazón se cansó. Ahora, el ancla necesita un nuevo dueño.
H vio con horror cómo el Nahual saltaba del árbol hacia el ventanal, rompiendo el vidrio con un estruendo ensordecedor. La mujer se acercó a L y hundió su mano en el pecho de la madre, quien se desplomó pesadamente sobre la cama. En ese instante, H sintió un peso insoportable en el pecho. Comprendió que su propio corazón, joven y fuerte, acababa de empezar a cansarse.
Me gustan los detalles, hacen que uno se transporte al lugar imaginando el entorno. Gracias por esta nueva publicación.
ResponderBorrarGracias por tu comentario.
BorrarIncreíble esos giros inesperados. Y ese final que viene a dar inicio a la continuidad del ciclo, ahora H tiene que cargar con el cuido de la caja
ResponderBorrarSiii. Todo empieza de nuevo.
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