Bajo el Cortés Blanco

Tetragramaton


Corazón

El padre de H murió a causa del corazón. No fue un ataque fulminante en medio de un arrebato, una discusión, ni mucho menos una enfermedad larga y consumidora. Podría decirse que fue el tipo de corazón que, simplemente, se cansó. Cedió en su silla favorita, una tarde de lluvia, con un periódico en las manos que quedó olvidado en su regazo. Su muerte fue tan silenciosa y tranquila que creyeron que dormía. Su verdadera batalla, sin embargo, había sido espiritual.


Al padre de H se le podía sentir cuando el aire denso de la casa se apoderaba de alguna habitación; se manifestaba en el crujido de las escaleras cuando nadie caminaba y en el persistente perfume que solía usar, el cual se negaba a desaparecer. Con el tiempo, esa presencia pasó de ser un consuelo nostálgico a una estancia permanente; casi podría decirse que estaba atado al lugar.

J


Cerca de las once de la mañana de un domingo, comenzó a llover. No era una lluvia especialmente fuerte, sino más bien persistente. El padre de H leía la edición dominical del periódico, como hacía siempre. De pronto, vio a dos hombres que se acercaron a la barda de la casa. No intentaron entrar; simplemente se quedaron allí, parados. Eran dos siluetas inertes, casi imperturbables. Vestían ropas de otra época, harapos sucios y descoloridos. Estaban encorvados —uno más que el otro—, como si cargaran un peso invisible. Él los miró fijamente por lo que le pareció un instante; sin embargo, sin que pudiera sentirlo, el tiempo se dilató. Para cuando reaccionó, su cuerpo ya yacía quieto, constante, casi pétreo. Fue su esposa quien lo encontró así. Las siluetas encorvadas ya se habían marchado.

Sombras

La lámpara exterior proyectaba sombras en la habitación donde H y N dormían. El viento mecía las ramas de dos árboles plantados hace mucho tiempo por el abuelo de N: uno que daba una flor amarilla muy intensa y el otro de canela, cuyo aroma se propagaba por cada rincón de la casa.

Un hombre se asomaba por un ventanal enorme que daba al patio interno. N, que había tenido una pesadilla, se despertó y vio cómo una sombra se posaba en el vitral. El danzar de las ramas movía su silueta en contraposición con la luz que manaba de la lámpara. N se asustó, pero guardó silencio. Razonó que las sombras pertenecían al árbol sin hojas, el más alto. Era un Cortés Blanco; en alguna ocasión, su abuelo se lo había explicado.

Rostros desfigurados


Cuando los primeros rayos del sol se reflejaron en las nubes, N volvió a despertar. Ahora ya no era una simple sombra; logró distinguir dos figuras humanas en el ventanal. Eran dos hombres parados en el patio interno, encorvados, uno más que el otro. N buscó el teléfono de H y, con movimientos rápidos de sus pequeñas manos, encendió la linterna. Al apuntar hacia el ventanal, ya no había nadie. N despertó a H, iluminándole el rostro mientras le decía: «Había unas personas en el patio, pero ya no están». Finalizó con un susurro: «Papi, tengo miedo, abrázame». H no supo si realmente hubo alguien allí, pero ya no pudo conciliar el sueño. Abrazó el pequeño cuerpo de N y ella se durmió al instante.

Al levantarse, H vio a su madre recogiendo el vaso de agua que dejaba cada noche tras la muerte de su esposo. Ella decía que su alma tendría sed. H recordó que, cuando su abuela falleció, sus tías hacían lo mismo. Era la creencia de que el alma llega cansada a su refugio y, si el vaso amanece medio vacío, es porque el difunto ha bebido para alcanzar su descanso idílico.

El Encuentro

Era sábado por la mañana. H se preparaba para salir con las llaves en una mano y la mochila en la otra. N se quedaría en casa con sus tías y su abuela. Al regresar por la tarde, la niña corrió a abrazarlo. Con su corto vocabulario, insistía en que los hombres del patio habían regresado, pero que la abuela no los había dejado entrar. Durante la cena, H le preguntó a su madre. Ella confirmó que N había pasado el día diciendo que dos personas acechaban afuera, aunque solo la niña podía verlas. N repitió con orgullo: «Sí, papi, yo los vi. Fui muy valiente».

Esa noche, N no quiso dormir con H; prefirió quedarse con su abuela porque la veía muy triste. La abuela caminó hacia la alacena, tomó un vaso de vidrio y un gran plato de porcelana con flores azules gastadas. Llenó el vaso, vació una parte en el plato y volvió a llenar el recipiente. Colocó el conjunto en el centro de la mesa, sobre el mantel blanco que cubría las patas de madera.

N desapareció en el cuarto de la abuela, pero minutos después, tocó a la puerta de H. —Papi, abrí, soy yo. Quiero dormir contigo —dijo antes de entrar sin esperar respuesta. Se quitó sus sandalias de tiburón y subió a la cama—. Mi abuela está dormida y los hombres están afuera.

H se incorporó de golpe. Llamó a su hermana, B, y salió al pasillo. Movió la cortina, pero la entrada estaba vacía y fría. Ambos se dirigieron al cuarto de su madre. B tocó la puerta, pero solo obtuvo silencio por respuesta. N gritó: «¡Mami, abrí!», pero el silencio persistió.

L

H abrió la puerta. Al entrar, lo primero que vio fue el ventanal. Distinguió un rostro desfigurado afuera, acompañado por las dos siluetas encorvadas de siempre. B abrazó a N mientras H corría a cerrar la ventana. Su madre, L, se incorporó bruscamente en la cama; el silencio que la envolvía pareció estallar. H gritaba improperios a los hombres mientras B se llevaba a la niña a otra habitación.

Al encender la luz, H vio perfectamente cómo uno de los hombres se transformaba en un animal. Caminaba en dos patas, moviéndose con un vaivén errático, casi como un baile. De un salto, la criatura alcanzó el Cortés Blanco y trepó por el tronco con una gracia inhumana. Tenía la forma de un simio; la luz filtrada por las ramas delataba su pelaje. El miedo se apoderó de H y de su madre.

De pronto, un ruido dentro de la habitación hizo que H girara la vista hacia el ropero. Allí, junto a la madera vieja, estaba parada una mujer. Sus ojos brillaban con una frialdad que no pertenecía a este mundo; era un brillo mortecino, similar al de una brasa a punto de apagarse.

Ojos Mortecinos


Los ojos de la mujer dejaron de brillar. Miró a H y le ordenó que se apartara: era el turno de L, su madre. H escuchó el llanto desgarrador de L. Era un dolor apabullante que le estrujó el corazón. La mujer de ojos mortecinos extendió una mano hacia el ropero, el cual se abrió con un crujido seco. En el fondo, oculta tras la ropa vieja del padre, estaba una cajita de madera café. Los grabados de la tapa emitieron un fulgor decadente que palpitaba al ritmo de los latidos de H.

La mujer tomó la cajita y la puso en el suelo. Dentro había una medalla: un Tetragramatón.

—Tu padre cumplió su parte —susurró la mujer con una voz que sonaba como hojas secas—. Guardó el secreto hasta que su corazón se cansó. Ahora, el ancla necesita un nuevo dueño.

H vio con horror cómo el Nahual saltaba del árbol hacia el ventanal, rompiendo el vidrio con un estruendo ensordecedor. La mujer se acercó a L y hundió su mano en el pecho de la madre, quien se desplomó pesadamente sobre la cama. En ese instante, H sintió un peso insoportable en el pecho. Comprendió que su propio corazón, joven y fuerte, acababa de empezar a cansarse.

Cortés Blanco


Comentarios

  1. Me gustan los detalles, hacen que uno se transporte al lugar imaginando el entorno. Gracias por esta nueva publicación.

    ResponderBorrar
  2. Increíble esos giros inesperados. Y ese final que viene a dar inicio a la continuidad del ciclo, ahora H tiene que cargar con el cuido de la caja

    ResponderBorrar

Publicar un comentario

Gracias por tu comentario.